TÃtulo original: Flickan som lekte med elden
Origen: USA
Director: Daniel Alfredson
Reparto: Michael Nyqvist, Noomi Rapace, Tanja Lorentzon, Johan Kylén, Annika Hallin, Lena Endre.
Guión: Stieg Larsson, Jonas Frykberg
FotografÃa: Peter Mokrosinski
Montaje: Mattias Morheden
Música: Jacob Groth
Duración: 124 minutos
Año: 2009
6 puntos
Un fueguito
Por Mex Faliero
Las diferencias que existen entre La chica que soñaba con cerillas y un bidón de gasolina y Los hombres que no amaban a las mujeres -segunda y primera parte de la saga Millenium, respectivamente-, son mÃnimas: ambas tienen los mismos problemas y, con sus bemoles, similares aciertos. Si bien hay un cambio de director (dirige aquà Daniel Alfredson), el registro continúa siendo televisivo, demasiado deudor de las páginas del libro de Stieg Larsson y los misterios se resuelven un poco a las apuradas, a pesar de que contar esto lleva más de dos horas de metraje. Por un lado esto es satisfactorio, porque hablando de una saga hay un tono que se mantiene pero, a la vez, es un inconveniente: todo se resuelve como un entretenimiento menor, subsidiario y que pretende con algunos dejos de sordidez hablar de un mundo horrible.
En esta segunda historia, la magnética Lisbeth Salander (Noomi Rapace) se enfrenta a una red de prostitución que se empecina en dejarla pegada a una serie de crÃmenes. El por qué de esto le corresponderá averiguarlo a ella, con su singular estilo: violenta, irascible, impetuosa a pesar de su delgadez y pequeñez fÃsica. Ese personaje -o esa creación que se logra por medio de la aparición de Rapace- es lo que le da combustible a esta continuación. Claro, en la ayuda está Mikael Blomkvist (Michael Nyqvist), quien en otro registro también aporta solidez al periodista que investiga el hecho con el objetivo de limpiar de culpa y cargo a la pobre Salander. La ambigüedad de ambos personajes (aunque aquà es ella la que toma mayor protagonismo), ese hacer sin que sepamos bien por qué hacen, habilita el misterio que por momentos estas producciones, algo lánguidas y estiradas, no tienen.
Como en Los hombres que no amaban a las mujeres, Salander y Blomkvist son dos piezas en la superficie de un texto que por debajo deja una denuncia explÃcita sobre cierta sordidez e ilegalidad de la alta sociedad europea. Lo que favorece a La chica que soñaba… es que es menos ambiciosa en relación a su denuncia. En la primera parte, la resolución no se condecÃa con la sociedad nazi que pretendÃa señalar, mientras que aquà los vÃnculos son un poco más entendibles y la violencia del enfrentamiento entre Salander y determinado personaje permite una lectura polÃtica a la vez que polémica sobre los géneros y el poder que se ejerce de manera coercitiva. El problema, también es cierto, es que para potenciar el universo que quiere señalar aporta una mirada demasiado cÃnica sobre el mundo, como si del otro lado de cada pared hubiera un violador, un golpeador en potencia. A veces, Larsson es un tanto excesivo.
No obstante, es tan poco lo que cinematográficamente aportan estas pelÃculas que sólo se pueden comparar entre sÃ: son explÃcitamente endogámicas, como lo es el arte-mercancÃa de estos tiempos. Si en la primera lo que la hacÃa funcionar era descubrir a un par de personajes singulares, aquà -ya conocido el paño- podemos entretenernos porque en comparación con aquella, las cosas fluyen mejor. En La chica que soñaba… el texto nunca pierde espacio por el subtexto, por eso nos interesa más lo que ocurre. Otro acierto es limar la cuota de sordidez en el plano visual, que en algunas instancias de Los hombres que no amaban a las mujeres la hacÃan parecer una pelÃcula explotation; y no se debe dejar de lado cierto villano absurdo, un grandote rubio y macizo deudor de la saga de James Bond.
Claro que lo peor que les ocurre a estas pelÃculas es que no parecen tener mucho más para decir que lo que aportan sus imágenes, simplemente porque temen ir más allá de lo que las propias palabras del libro decÃan. En todo caso, un thriller con su cuota de polÃtica y aventuras, con su denuncia formal sobre el rol de la mujer en las sociedades machistas pero también con su ridiculez sensacionalista, La chica que soñaba con cerillas y un bidón de gasolina no se desvÃa demasiado de la lÃnea que trazaba su primera parte y permite, para el cine sueco, crear un hito universal en paralelo con las propuestas hollywoodenses: aún en esa sensación de que se hacen para cobrar el cheque por ventanilla. Es ahà donde, por su sequedad y su falta de sentimentalismo, la saga Millenium muestra sus mejores armas: el final de este film es acertado y medido, y uno se queda imaginando la pirotecnia innecesaria que le pueden agregar los norteamericanos en la inminente remake que ya se viene.













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