Río 2

Río 2 es el caso de una película que de alguna forma hemos visto con otros personajes una innumerable cantidad de veces. Parcialmente conocemos estos conflictos y la forma en que se van a desarrollar, todo transmite una sensación de deja vú hasta avanzada más de la mitad de la película, cuando hay un cambio brusco en la temática y en el personaje de Blu. Esta sensación que transmite el film responde a algo bastante simple: es difícil superar en una secuela a los conflictos de identidad y superación que tenía el protagonista en la primera parte que, sin ser tan redonda, fluía en su desarrollo con naturalidad permitiéndose una analogía ingeniosa entre el amor y la capacidad de volar del personaje. Carlos Saldanha, que indudablemente es un director con talento más allá de resultar irregular, cae en su propia trampa al darle integridad al personaje y llevándolo a confrontar una realidad que está por fuera de sí mismo.

Esto que puede resultar irónico es una de las principales faltas de la película: la integridad del personaje y su aburguesamiento llevan a que sus inseguridades en otros aspectos no sean tan interesantes. De alguna forma lo mismo sucede con Shrek, por mencionar un caso aislado donde la progresión dramática del personaje se torna chata y poco interesante en sus secuelas. Por supuesto, no se habla de la segunda parte, que aún conserva un timing y un conflicto que se enlaza directamente con lo que sucede en la primera entrega, sino de la tercera y la cuarta. Pero volviendo a Río, la cuestión es que el personaje ya es feliz y se encuentra afincado en Río de Janeiro con Perlita (Jewel en el original) y su familia compuesta por tres guacamayitos.

Como es de esperar entre animales simpáticos antropomorfos, hay una familia tradicional con problemas ordinarios que obviamente pretenden generar empatía con el público “familiar”. Pero esta felicidad transitoria se verá amenazada cuando descubran que no son, como se planteaba en Río, los únicos guacamayos azules que quedan. Esto los llevará a la búsqueda de ese santuario oculto en el Amazonas para encontrarse con sus pares, donde encontrarán un lazo familiar que se creía perdido y serán perseguidos por el antagonista de la primera parte, al que creían desaparecido. A esto se suma la trama ecologista, que en este caso apunta a la preservación del Amazonas con un trazo muy grueso y un tanto naif (y claro, planteo todo esto entendiendo que se trata de una película infantil). Es hacia la conclusión que Blu sufre un ataque de heroísmo brusco que desvirtúa al personaje, en particular porque es un giro que no está manejado con la misma fluidez con la que, por ejemplo, el personaje emprende el vuelo al final de la primera parte.

Pero por fuera del guión uno se anima a ver el singular talento de Saldanha en pinceladas como la explosiva introducción que ilustra el fin de año en Río de Janeiro (una fiesta como pocas en el mundo) o las audiciones de los animales de la selva amazónica, donde se puede ver no sólo la habilidad para el comic relief sino también para el diseño de personajes. Es en este punto donde brilla incluso más que la primera, en particular con el disparatado trío de antagonistas que persiguen a Blu por el Amazonas (genial el oso hormiguero chaplinesco). Es en el diseño y secuencias aisladas donde uno encuentra el talento de Saldanha, al que aún le falta la película “consagratoria” pero que ha demostrado en no pocas veces que es uno de los directores más efectivos cuando hablamos de animación.

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