MAR DEL PLATA 2013: basta de ser críticos a medias

Nuevamente salió Jorge Carnevale a decir las pavadas de siempre, y todos estamos comentándolo, como si fuera realmente importante. El suyo ya es un discurso tan repetido como irrelevante: que antes al Festival de Mar del Plata venían grandes estrellas, grandes teóricos, grandes críticos, grandes cineastas, y ahora no; que el evento antes tenía peso a nivel mundial, pero ahora no; que el Festival ya no tiene razón de ser, que está muerto, que no sirve para nada.

Lo que importa en verdad no es el vacuo contenido de lo que dice Carnevale, sino por qué puede decirlo. En primera instancia, puede hacerlo porque ocupa un lugar de poder. Y no me refiero solamente al hecho de que trabaja para el Grupo Clarín, multimedios que en ningún momento de los días festivaleros utilizó sus publicaciones gráficas, sus radios o canales de televisión para atacar a la organización del evento (y había tanta gente a la cual embestir, y tantas cosas de las cuales agarrarse), y que sólo plantó bandera con ese mediocre artículo, que por otro lado sólo ha sido levantado en una parte del ambiente del cine argentino (a la que habría que recordarle que no es tan importante como piensa). Carnevale ha integrado la filial argentina de una entidad de gran prestigio a nivel mundial como es FIPRESCI, ha sido jurado en festivales internacionales, ha recibido incluso el Premio Konex en el 2007. Es decir, tiene una legitimidad otorgada por el propio ámbito de la crítica cinematográfica, del periodismo, de la cultura. ¿Por qué? ¿Cómo es que logró eso? ¿Qué méritos acumuló? ¿Qué pasó que ahora todos nos referimos a él como si fuera una especie de outsider, alguien que vino del planeta Marte? No podemos horrorizarnos como si estuviéramos ante alguien desconocido, alguien de afuera que no forma parte del círculo profesional de la crítica de cine. Tenemos que hacernos cargo: esas tonterías las dice alguien que es tan crítico de cine como nosotros. Un crítico mediocre, que usa argumentos efectistas y facilistas, pero un crítico al fin y al cabo.

Y en segundo lugar, el discurso de Carnevale puede hacer acto de presencia y convertirse en el centro de la atención, cuando ya a esta altura debería ser marginal, porque está ocupando un espacio vacío, una discusión que no se está dando. El suyo es como el discurso de la antipolítica, que surge con las crisis de representatividad y la falta de discusión sobre qué políticas se requieren y/o necesitan. Si él logra evocar los tiempos de las grandes estrellas (recurriendo a los nombres más obvios posibles) o de la pérdida de influencia del Festival (ignorando la cantidad de muestras y eventos que han surgido en las últimas décadas, o los cambios en los parámetros y plataformas de exhibición, como si nos hubiéramos quedado estancados en los sesenta), es porque hay un perfil cada vez más difuso y confuso, pero pocos lo aceptan, y por ende no se habla de eso. Y si consigue convocar a un supuesto triste y solitario final para el Festival, es porque ese mismo Festival no tiene una razón de ser definida, un rol bien establecido dentro del campo cultural internacional, nacional, provincial, municipal.

Para que quede claro: ¿nos preguntamos para qué o por qué se trae a John Landis, una retrospectiva sobre Rossellini, o clásicos de culto de los ochenta como Cazador de hombres? ¿El traer a determinadas figuras del cine, la elección de los films en la programación o las charlas organizadas forman parte de una política orientada a crear ámbitos de discusión, a repensar películas o filmografías dentro del contexto contemporáneo, a producir contenidos audiovisuales y escritos, a formar un público? ¿O a satisfacer de diversas formas los egos? Ojo, estas preguntas no valen sólo para el Festival de Mar del Plata: se las puede aplicar también para el BAFICI u otros eventos a lo largo y ancho del país.

Discutir con Carnevale es muy fácil, demasiado fácil, porque aparte él también está muy cómodo en el papel del villano de ocasión. Hay que dar las discusiones que valen la pena, que son necesarias. Hay que escuchar a la gente que hace los planteos más complejos, más duros y a la vez más constructivos. No se puede, en pos de combatir a los apocalípticos de turno, seguir celebrando una fiesta que se percibe como decadente. Entiendo, por ejemplo, que Roger Koza en su cuenta de Twitter, afirme que “aquí el cine estuvo vivo” o hable sobre “todo el esfuerzo desplegado”. Pero no se pueden pasar por alto cosas que están ahí, a la vista de todos (si es que queremos verlas). Para muestra, un hecho particular: Martínez Suárez asistiendo a la presentación del libro Historia del Festival Internacional de Cine de Mar Plata (que contó con su aval, pero no del INCAA), evento que se tuvo que realizar por fuera del marco del 28º Festival. Para que quede bien claro: el presidente de un festival se toma el tiempo para ir a la presentación de un libro sobre el mismo festival, pero que se hace por fuera del festival y del instituto nacional de cine. Es como intentar hacer oficial lo extraoficial (que había intentado ser oficial), sin que eso extraoficial consiga ser finalmente oficial. ¿Dije muchas veces oficial o extraoficial? Vamos gente, eso era una tragicomedia de enredos, algo que evidencia las idas y vueltas, las marchas y contramarchas no sólo del Festival en sí, sino de toda una mirada sobre el cine por parte del Estado argentino. ¿Y nadie dice nada?

Quiero dejar en claro algo antes de continuar con mi razonamiento: yo busco interpelar (sabiendo que puedo estar equivocado, tanto en las formas como en el contenido) a determinadas personas del ambiente de la crítica. Sólo a determinadas personas, que sé que pueden tomarse el tiempo de leer esto y emitir un juicio de valor pertinente. No me interesa hablar del estado de la crítica de cine con gente como Carnevale, pero tampoco con gente como Diego Battle, que en su balance sobre el Festival destaca la labor del equipo de prensa, cuando todo el mundo sabe que la gente que encabezó ese sector se desempeñó de manera desastrosa (pueden ver lo que dice Javier Luzi al respecto). Battle dice eso porque tuvo sus privilegios con, por ejemplo, la información, la cual recibió antes que muchos otros medios, y publicó cuando se le cantó. No es la primera vez que se comporta de esa manera: a él no le interesa lo que suceda con otros colegas, no le interesa que haya actos de discriminación a la hora de proveer elementos para el trabajo, no le interesa que existan privilegios, mientras él esté dentro del grupo de privilegiados. Yo no quiero estar dentro de los privilegiados, porque no quiero privilegios. Como director de FANCINEMA, yo repudio a personajes como Battle, no sólo por el desgano y mediocridad con que escribe, sino por la clase de persona que es. Y la única razón por la que lo menciono es porque es peor que Carnevale, ya que goza de visibilidad y poder, y encima pocos señalan sus miserias.

En base a eso, puedo proseguir y decir que avalo parcialmente la discusión planteada por Nicolás Prividera en el blog Con los ojos abiertos sobre la pertinencia de lo que puede llamarse “crítica joven”, y de la que participaron gente que respeto mucho, como Marcela Gamberini o nuestro colaborador en FANCINEMA Juan Francisco Gacitua. Sin embargo, creo que se ve limitada por una modalidad críptica, en la que no se usan nombres propios (hay que empezar a llamar a las cosas por su nombre) y la reflexión no escapa a un hecho puntual, de trascendencia sólo en el ámbito específico del Festival. Esto forma parte de un riesgo que siempre corremos la gente del cine: nos cuesta salir de los pasillos que transitamos habitualmente, mirar hacia afuera, observar la realidad tangible más allá de las paredes de las instituciones o los medios en que actuamos. Creo que el debate debe pisar más el territorio de lo real y preguntarse qué rol juega (y debe jugar) la crítica como observadora de políticas de Estado, de la actualidad y el futuro del cine nacional, de cómo mirar hacia adentro y hacia afuera de nuestro país, y de la posibilidad de vincularse con otras disciplinas. Debe pensarse qué objetivos y metas -más o menos pequeñas, más o menos importantes- puede tener la crítica en la producción y reproducción de ideas y conocimiento. Y la reflexión conjunta no puede limitarse a un par de días al año, cuando nos juntamos todos a ver muchas películas. Debe darse los 365 días del año.

Todo esto me hace acordar a un diálogo en la serie Boardwalk Empire entre el principal personaje, Nucky Thompson (Steve Buscemi) y un discípulo suyo, James Darmody (Michael Pitt). Nucky es una especie de mafioso a medias, un poco incómodo con ese rol, que sólo quiere recurrir a la fuerza cuando le conviene para sus ambiciones, porque a él en realidad lo que le gusta es pretender ser un hombre de negocios respetable, preocupado por el destino político y económico de Atlantic City. James en un momento le dice algo así como “che Nucky, no podés ser un gángster de medio tiempo”. Bueno, los críticos argentinos, en estos años, estamos tratando de hacer la misma que Nucky, y la verdad es que no da. No se puede estar meditando escribir a favor o en contra de un festival, una película, una institución, una medida política o un hecho particular, en función de si tenemos amigos adentro, si simpatizamos con un realizador, si acordamos ideológicamente con un gobierno, o si nos dan una habitación en un hotel. No se puede estar con Dios y con el Diablo. No se puede estar de los dos lados del mostrador. No se puede quedar bien con todo el mundo. Yo no voy a negar que hay circunstancias ambiguas, donde está todo teñido de gris, y hay que hacer un análisis equilibrado, separando la paja del trigo. Pero hay momentos donde el estiércol llega hasta la altura del ventilador, empiezan las salpicaduras y no podemos fingir que nuestras ropas siguen inmaculadas. Cuando las cosas están mal, están mal, y es nuestro deber como críticos señalarlas oportunamente, de la manera más clara posible. Si no lo hacemos, no somos críticos. Somos, como bien dice Mex Faliero, “aplaudidores profesionales”, alcahuetes del Poder (así, con mayúscula) de turno. Y más vale que nos demos cuenta que hay pocas cosas más descartables que los alcahuetes. De esos, al Poder le sobra.

Todo esto lo escribo no sólo para los demás críticos y el público lector en general, sino principalmente para mí mismo, por mi pasado, mi presente y mi futuro. Creo que hasta ahora siempre he demostrado coherencia entre la palabra y la acción, no fui hipócrita, he sido fiel a mis principios, no porque sea un genio de la vida, sino simplemente porque es lo que corresponde, porque es el grado cero de lo que uno debe ser como persona. Pero también soy humano, no soy infalible: existe la chance de que a futuro equivoque el camino, abandone mis banderas, termine traicionándome a mí mismo. Si llega a ser así, por suerte existirá este texto, para recordarme quién fui, dónde estuve parado, qué defendí, qué banderas enarbolé. Y no me quedará otra que hacerme cargo de mi propia historia.

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