Betibú

“Acá no puede ingresar nadie, sobre todo si son periodistas”. Palabra más, palabra menos, eso le dice un policía que cuida la escena del crimen a tres periodistas que se acercan a investigar en Betibú. El diálogo, excesivamente artificial y subrayado -¿si no puede ingresar nadie, por qué remarcar “sobre todo si son periodistas”?-, es uno de los tantos diálogos fuera de registro de una película que abusa demasiado de este tipo de textos para comprobar su tesis desde el segundo cero. Pero si su demasiado lineal mirada sobre las clases pudientes (estereotipada y prejuiciosa) no fuera suficiente, Betibú suma problemas narrativos con una historia de investigaciones insuficiente y unos personajes repletos de clichés mal trabajados.

Miguel Cohan, que en Sin retorno había conseguido fusionar acertadamente los elementos del thriller con un subtexto social y una mirada compleja sobre los vínculos entre clases, en esta adaptación de la novela de Claudia Piñeiro (la misma de La viuda de los jueves, que tenía problemas similares) no logra que el entramado de poderes y poderosos sea atractivo, básicamente porque su acercamiento a ese universo de barrio cerrado no sale del lugar común y de la mirada tranquilizadora de clase media: ¡ay, qué malos y feos que son esos seres (des)humanos! El cine nacional se debate en ocasiones entre esas dos miradas, por un lado los que suponen que las clases bajas sólo construyen borrachos, faloperos, asaltantes y mujeres sexualmente demasiado activas; y por el otro estos thrillers sórdidos en los que el poderoso estuvo vinculado indefectiblemente con la dictadura o, al menos, con lo más represivo y fascista de la sociedad. Betibú es de esta clase de películas.

Pero aún si coincidimos en su mirada, la película tiene muchísimos otros problemas. Por empezar, se adscribe al subgénero de película de procedimiento, esa en la que los protagonistas llevan a cabo una investigación para resolver un caso policial, investigación que en Betibú llevan adelante dos periodistas y una exitosa novelista de policiales. La película de Cohan no sólo es poco rigurosa y da miles de vueltas sin mayor vuelo visual y narrativo, sino que además al llegar la hora de las conclusiones y resoluciones es bastante insatisfactoria. Problema fundamental: la protagonista resuelve el caso con datos nunca expuestos al espectador, y ese desconocimiento hace que la resolución sea abrupta e inverosímil. Incluso esto se nota por la falta de timing con la que se resuelve la película.

Otro inconveniente de la película son sus personajes. Mercedes Morán es, supuestamente, una notable escritora. Así se encargan de afirmarlo todos los que la rodean. Sin embargo, cuando escuchamos las crónicas que está publicando para el diario El Tribuno, las mismas son un resumen de lugares comunes y metáforas trilladas. Fanego y Ammann interpretan a periodistas colegas, distanciados generacionalmente: el primero rehúsa de la modernidad, el segundo es uno de esos cronistas high-tech que transitan las redes sociales. Entre ambos se da un conflicto vinculado con las nuevas formas que ha adquirido el periodismo, expulsando a aquellos que cumplen con la profesión de manera más tradicional. El debate no dura más de 20 minutos, los periodistas se convierten velozmente en compinches y aquel conflicto se desinfla. No sólo la película pierde un tema secundario (algo trillado, pero que descomprimía del tema central), sino que además deja en escena un exceso de personajes: el de Ammann o el de Fanego termina sobrando en esta investigación; tres son multitud.

Pero bueno, Betibú se encarga de recordarnos que los medios fueron comprados por empresas extranjeras, que esas empresas tienen sus lazos invisibles por debajo de la sociedad con los sectores de poder, que esos sectores de poder son malvados y corruptos y han vejado la más ingenua pureza del ser argentino. Betibú nos dice que nadie puede estar en contra de esa reflexión, y lo hace con prepotencia porque no le importa ni la coherencia, ni la lógica, ni la rigurosidad expositiva. En definitiva, el fin justifica los medios. Y los miedos.

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